Dos hermanos ponen una empresa. Van a la escribanía, firman el estatuto que les da el escribano, cincuenta y cincuenta, y salen a trabajar. Nadie pregunta qué pasa si uno se quiere ir, si uno se enferma, si uno se muere, o si un día simplemente no se ponen de acuerdo. No se pregunta por una razón que acá todos entendemos: en ese momento, preguntarlo se parece demasiado a desconfiar.

Veinte años después la empresa factura bien, tiene cuarenta empleados y una marca que en Tucumán se reconoce. Y sigue sostenida por lo mismo del primer día: que los dos se lleven bien.

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Hay una lista de cosas importantes que casi ninguna empresa hace, y no es por descuido. Es porque nunca son para hoy. El acuerdo entre socios encabeza esa lista. Vi empresas sanas, rentables, con treinta años encima, desarmarse en menos de un año por algo que nadie escribió cuando había tiempo, calma y buena relación para escribirlo.

Lo que llama la atención es que falta, sobre todo, en las empresas que mejor andan. Donde hubo un conflicto temprano, alguien lo escribió. Donde nunca pasó nada, nadie vio la necesidad. La ausencia del acuerdo suele ser el síntoma de que las cosas venían bien.

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El año pasado, la 12ª Encuesta Global de Empresa Familiar de PwC entre más de 1.325 dueños describe bastante bien lo que se ve por acá: el 83% dice guiarse por un conjunto claro de valores familiares, pero solo el 57% los tiene escritos, y apenas el 30% tienen un protocolo familiar. Saben perfectamente qué creen. No lo pusieron en ningún lado.

Y hay un agravante propio de la empresa familiar. El socio que queda del lado débil de una regla que nunca se escribió no es un fondo de inversión ni un accionista anónimo: es el hermano, el hijo, o el que puso la plata pero no el tiempo. La discusión societaria y la discusión familiar terminan siendo la misma, y se dan en la misma mesa del domingo.

El problema es que el acuerdo no se necesita cuando hay acuerdo. Se necesita el día que alguien no está, o no puede, o piensa distinto y no hay forma de destrabarlo. Ese día no avisa.

Por eso el mejor momento para escribir un acuerdo de socios es exactamente cuando parece innecesario: cuando todos se llevan bien, el negocio anda y nadie se está por ir. Ese momento puede durar veinte años y se termina de golpe, casi siempre un día que nadie tenía anotado.

El management del flujo de fondos

Conviene saber, además, algo que no cambia el fondo pero apura el reloj. Hoy buena parte de lo que los socios no escriben lo suple la ley, y la ley de sociedades está en revisión con un criterio que se apoya mucho más en lo que las partes pactaron que en lo que el Estado presume. Lo que no esté escrito va a estar cada vez menos cubierto.

Parte importante

Acá está la distinción que me costó ver, y que me parece la parte importante. Escribir qué pasa no es un acto de desconfianza. Es exactamente lo contrario. La desconfianza es lo que aparece después: cuando hay que discutir las reglas en el peor momento posible, con plata de por medio, con alguien enfermo o ausente, y con dos abogados traduciendo lo que dos hermanos alguna vez se dijeron de palabra.

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Tres preguntas alcanzan para empezar, y casi ninguna sociedad de las que conozco las tiene contestadas por escrito. Qué pasa si un socio se quiere ir. Qué pasa si un socio muere. Quién decide cuando no hay acuerdo.

Un acuerdo de socios no es un contrato para el día que se rompe todo. Es lo que permite que la confianza no dependa de que nadie se enferme.